Se oye a la turba pidiendo cárcel. Por ladrón, por corrupto, por abusador. Cárcel, cárcel, cárcel, gritan los enfurecidos de la plaza solicitando el castigo.

Si la medida de justicia “cárcel” tratara sobre la aplicación de un doloroso escarmiento para el procesado; entonces, sí se estaría ejecutando con una pena ejemplarizante que balancearía los derechos rotos: “ojo por ojo, diente por diente” dice el Código Hammurabi. Buen trabajo señor carcelero; pues como sociedad hemos logrado mantener vigente el concepto de la mazmorra medieval de los tiempos pasados; y está en aplicación. Contratar nuevamente a los verdugos para que azoten y torturen a los presos, sería el perfeccionamiento de un sistema que puliría con certeza los índices de resentimiento y furia de los condenados hasta romperlos; haciéndolos sumisos del mandatario y matándoles su espíritu. Justicia pura. Que vuelva la Torre de Londres.

Ahora, y mucha atención a este ahora; si lo que intentamos es construir centros de resocialización con los objetivos de la reeducación, la reinserción y la rehabilitación hemos fallado; porque ninguna persona, ninguna que pise hoy en día, una prisión, marchará en sentido opuesto al camino que lo condujo hasta allí; al infierno. Los centros de reclusión actuales son sitios lúgubres, repugnantes y peligrosos. En ellos no está permitida la música, ni la pintura; no existen espacios verdes para la reflexión y el entendimiento; y por supuesto, no se encuentran rincones inteligentes para el estudio y el trabajo, lo que conduciría a la auto sostenibilidad. En palabras concretas, el remedio es peor que la enfermedad y la reinserción de las personas que han caído en camino del delito, que debería ser un compromiso de la sociedad; no lo es.

Somos deplorables ante la emergencia carcelaria, no tomamos los correctivos concretos y al contrario continuamos acrecentando el problema. La crisis estallará y cuando lo haga, el precio lo pagaremos todos. Seremos nosotros mismos los que materialicemos por fuerza mayor el abandono que recibe nuestra población cautiva; y serán ellos mismos los que en defensa de sus derechos y necesidades básicas nos hagan ver lo ineficientes que fuimos en la aplicación de las acciones de la ruta de la resocialización. Ese día no muy lejano, cuando nuestros hijos no puedan salir y sean confinados al perímetro de la paredes de las casas, posiblemente, ese día, sea muy tarde para reflexionar que -civilización y desarrollo- no significa únicamente el poder de inteligencia de un iPhone sino la capacidad y el humanismo que llevamos dentro como personas y sociedad.

 

Fernando Martínez Arenas – Bucaramanga ciudad bonita.